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Uno se queda mirando el último LG Gram presentado y a la cabeza no puede sino venir ese pensamiento recurrente: «cuánto hemos avanzado». La informática de consumo ha pasado de las juntas de plástico desteñido amontonando suciedad a carcasas de diseño unibody, márgenes afilados y ventilación lo suficiente eficiente para entender cuándo activarse al máximo de potencia y cuándo ahorrar gasto energético.

En los albores de los 80, la Grid Compass, la Bondwell 2, los famosos Micral u otros monolitos de 20 kg de plástico no sufrían la actual preocupación de la miniaturización. Los gadgets se construían a medida, nadie esperaba más operaciones por ciclo ni mayores velocidades de cálculo. Por su tamaño se podían permitir el exceso de incluir hasta 60 teclas alfanuméricas y otras 11 numéricas.

En 2012, la popular revista PCWorld publicaba su columna “The Ultrabook Revolution” a propósito de los nuevos procesadores Ivy Bridge y el afán de apostar por equipos cada vez más delgados, más eficaces. Por entonces la línea Gram de LG ni siquiera existía.

Nacieron en durante el otoño de 2015 bajo monitores de 13.3 pulgadas, con procesadores Intel Core i5 Broadwell de doble núcleo a 2.2 GHz. Tres años después ya montan un Intel Core i7 de 2 GHz de cuatro núcleos Kaby Lake R (i7-8550U) con velocidades de hasta 4,0 GHz. Sin aumentar peso. Al contrario: si nos fijamos en las baterías, uno de los elementos más pesados por densidad, detectamos que el primer modelo montaba 2 celdas de polímero de litio que concedían 4.555 mAh. Los actuales ascienden hasta 6.000.

Una armadura en constante evolución

El prefijo latín “ultra” (más allá de–) llego para definir portátiles versátiles que en ningún escenario superasen las 3 libras (1,36 kg). ¿Y cómo se puede lograr una autonomía de 5 a 12 horas, sobre un hardware de vanguardia, sin sacrificar nada? Replanteando la fabricación. Diciéndole adiós al plástico.

Las carcasas, desde entonces, han pasado por distintos derivados, de los polietilenos —termoplásticos fabricado a partir del etileno— de alta o baja densidad, poliestirenos, policarbonatos, derivando a los chasis en fibra de vidrio y el omnipresente aluminio.

El aluminio se planteó como una opción sólida el día que los componentes internos generaban tanto calor que era necesario un mejor conductor. Frente al plástico, las carcasas de aluminio soportan temperaturas muy superiores y, por tanto, el deterioro derivado de oscilaciones de temperatura. Esto elevó los costes de fabricación, pero también empujó hacia un horizonte de máquinas mejores.

Pero si algo han demostrado las armaduras de Iron Man es que siempre existe un material mejor, una aleación más estable. Los portátiles necesitaban materiales capaces de soportar una caída y ensamblar una Intel Core i7 7500U o expandir la batería más allá del ciclo laboral de las 8 horas.

El aluminio cuenta con una densidad de 2,68gr por cm2. La densidad del magnesio es de 1,81gr por cm2. El magnesio lleva años mejorando las perspectivas mecánicas de los fabricantes. En 2005, BMW fabricó un cárter de cigüeñal, superando las especificaciones anteriores sin sacrificar nada de lo anterior. Como esas raquetas de pádel convertidas en hitos de la ingeniería, el magnesio mejora a todos sus colegas de oficio: la capacidad refractaria del cemento, la resistencia del cristal o la ligereza del acero.

Los últimos LG Gram, por ejemplo, combinan nanocarbono en su chasis —por su capacidad de dispersión y su matriz altamente resistente— junto a una aleación de magnesio presente en algunos coches deportivos. No olvidemos que el magnesio posee una masa 33 % menor que el aluminio y hasta un 60% inferior al titanio. De esta forma se benefician de las capacidades de ambos material sin incrementar en grosor y peso.

Y si de batería hablamos, el LG Gram también marca récord: ofrece hasta 16 horas de autonomía para el modelo de 14 pulgadas, con una sola carga gracias a una batería de larga duración de 60 Wh. Con una Intel HD Graphics 620 para navegar y responder a cualquier tarea ofimática, un grosor de 15 mm y un peso de 970 gramos (1.090 gr para el modelo de 15,6 pulgadas), esta es la definición de ultrabook más realista.

Un poco más pequeño, por favor

Esta miniaturización ha terminado afectando a todos los componentes. Pongamos como ejemplo las memorias Intel Optane. No sirven para cualquier sistema: solo pueden montarse sobre una serie 200 o superior, necesitamos un espacio M.2 y un procesador Kaby Lake en adelante. La arquitectura Cannon Lake, por desgracia, ha sido retrasada.

Pero a cambio tenemos una memoria SSD que cuenta con rangos de lectura a la altura de las mejores memorias RAM. Es decir, la brecha entre el disco duro de toda la vida (memoria sólida) y esas verdes “memorias de acceso aleatorio” se desvanece. Hasta el punto de presentar un nuevo horizonte de compatibilidad. No solo nos olvidamos de los componentes mecánicos de los HDD: ya pensamos en slots multipropósito.

NVIDIA es otro fabricante que ya no lanza nada sin pensar en los portátiles que montarán sus gráficas. La arquitectura Pascal no existiría —o no hubiese llegado en 2016— de no ser porque había hardware que demandaba tales necesidades. Y de los 16 nanómetros pasamos a los 14 en gráficas como la GTX 1050 y 1050 Ti porque hacía falta optimizar: reducir espacio y consumo eléctrico —y, por ende, excedente calórico que refrigerar— y aumentar potencia a cualquier precio.

AMD hizo lo mismo, incluso ya planea dar el salto de los 12 a los 9 nanómetros. Con Ryzen viento en popa a toda vela, a punto de dar el salto a la tercera generación, los principales beneficiados de estas miniaturizaciones son los portátiles. «Pero yo puedo tener todo eso en mi torre de mil megatones», dirá alguien. Y su factura de la luz se disparará frente a la de un usuario que busque algo coherente entre necesidad y gasto.

Porque aunque los portátiles tope de gama se sitúan en una media que fácilmente acaricia los 2.000 euros, la media de compra, que ascendió un 7% durante el último año —menos de 98 millones de PC’s frente a más de 161 millones de laptops, sin contar tablets ni notebooks—, se sitúa en torno a los 1.200 euros. La cifra del ultrabook.

El futuro del ultra

Todo está conectado: RAM, ventilación, chipset y batería.

La evolución coherente del ultrabook parece marcada por marcos mínimos en la pantalla, procesadores más eficientes que nos permitan hasta 20 horas de uso y grosores aún inferiores derivados de esos slots multipropósito. La RAM DDR5 desembarca en 2019 y marcará picos de 51,2 GB/s frente a los 25,6 GB/s actuales de la DDR4. Esto abaratará costes de las actuales, a la vez que empezaremos a ver módulos de 128 GB de RAM DDR4.

Después llegará la memoria cuántica, la memoria atómica, y nuestra conceptualización del espacio perderá su sentido. Los portátiles podrán contener 8 o 10 TB de datos en unidades sólidas sin comprometer ni el grosor ni la masa de los equipos.

Y que a nadie le suene todo esto a ciencia ficción. Hace 30 años construir un laptop como el LG Gram en nanocarbono de magnesio hubiese sido considerado algo impensable, un exceso abocado a la aeronáutica y en absoluto orientado a ser producto comercial. Es cuestión de tiempo.

Características

  • El más portátil de los portátiles con solo 1kg de peso
  • Sólo 1065g de peso y bateria de hasta 19 horas
  • Chasis de magnesio y nanocarbono. Ha pasado 7 pruebas de resistencia, recibiendo el estándar militar de durabilidad STD-MIL-810G
  • Segunda ranura de disco duro SSD, ampliable hasta 1TB de capacidad
  • Pantalla mejorada con un panel IPS Full HD que ofrece un rango de color de hasta un 96% sRGB

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